Enero es ese mes que parece que no tiene fin, que no acaba, que no tiene salida. Es esa época donde todo se acumula, donde los detalles más insignificantes se convierten en un mundo. Incluso las cosas que aparentemente no duelen o que en otros momentos son irrelevantes, se transforman en una odisea.
Es esa mezcla del invierno más crudo y a la vez profundo, donde el frío nos hace estar más necesitados de un cariño y un afecto, que puede ser de mil maneras, pero que no llega. Quizá sea un momento donde necesitamos esa afinidad más que nunca.
Entran en juego una serie de factores, que hacen que caigamos en una desidia todavía más profunda. El paso de una época tan señalada como las Navidades, la mencionada cuesta donde todo `cuesta´ un poco más, valga la redundancia, el cambio de hora y que haya menos horas de luz…
Por otro lado, también pienso que es un momento en el que nos replanteamos muchas cosas a nosotros mismos y en el camino de nuestras vidas, hacia donde poder dirigirla. Además, parece que todo lo que puede salir mal, sale, con muchos impedimentos.
Creo que todo eso, influye de manera directa en nuestro estado de ánimo, que la cabeza no pare de pensar y que incluso por momentos, no acabemos de encontrar nuestro sitio.
Por todo eso y por mucho más, creo que somos muchos los que coincidimos en el sentir de que enero nunca acaba. Todo ello, sin querer decir que enero sea un mes `malo´ o que tenga algo en contra de él.
Bien es verdad, que no deja de ser una reflexión personal, donde quizá también tendemos a que todo nos cause una gran sensibilidad y masificar los problemas, haciéndolos mucho mayores de lo que realmente son.
A pesar de que no le veamos el final al túnel, siempre hay un rayito de luz que lo indica y aunque creamos que no `todo vuelve a cobrar sentido´, como dice esa canción que tanto me gusta de Juancho Marqués (Desde el Parnaso). Un enero, que a pesar de todo, por fin, termina.
*Reflexiones de una tarde de enero.








