El novillero habla de sus orígenes, del sacrificio que exige la profesión y de un sueño que pasa por trasladar a la plaza todo lo que siente en el campo. Entre la familia, el esfuerzo diario y la ilusión de seguir creciendo, Montaldo representa la imagen de un joven que vive el toreo con absoluta entrega.
La trayectoria de Pedro Montaldo nació un día cualquiera en el campo, acompañado por su hermano mayor, el único aficionado de la familia. Aquella jornada, en la que ambos tentaron dos becerras, marcó el inicio de un camino que hoy continúa con la misma ilusión y con la convicción de que el toreo es mucho más que una profesión.
«Todo empezó a través de mi hermano mayor, un día fuimos al campo a torear dos becerritas, él decidió quedarse fuera y yo seguí», recuerda. Aquel instante bastó para descubrir una vocación que desde entonces ha condicionado cada decisión de su vida.
El joven novillero no esconde que el camino está lleno de dificultades. Las renuncias, los entrenamientos y las incertidumbres forman parte de un día a día que solo se entiende desde la pasión. «Todo lo que rodea tanto a la persona como al torero complica mucho el camino, lo hace duro y te exige tomar decisiones difíciles» explica. Sin embargo, pese a los sacrificios Montaldo lo tiene claro: «Deseas tanto torear que, cuando llega el momento, salga bien o mal, se disfruta tanto que siempre merece la pena».
Fuera del traje de luces intenta encontrar momentos de desconexión junto a sus amigos, aunque reconoce que no le resulta sencillo apartar la mente del toro. «Me gusta pasar tiempo con mis amigos y desconectar, aunque es muy complicado olvidarse del toro por un instante, por no decir imposible» afirma.
Si hay algo que destaca por encima de todo en su recorrido es el respaldo de quienes han estado a su lado desde el principio. Pedro habla de su familia como el pilar que sostiene su carrera, pero también agradece el apoyo recibido por las familias Sorando y Araúz de Robles, a quienes considera fundamentales en su crecimiento tanto personal como taurino.
Con la vista puesta en el futuro, su mayor deseo no pasa por hablar de plazas o triunfos concretos. Su principal objetivo es lograr que el público vea en el ruedo lo mismo que él siente cuando torea en el campo: «Me gustaría tener la capacidad de trasladar a la plaza mis formas en el campo. Creo que es algo que al público le va a gustar y le va a sorprender».
El toreo también le ha dejado enseñanzas que trascienden la arena. El sacrificio cotidiano, la constancia y la entrega absoluta forman parte de una filosofía de vida que aplica dentro y fuera de la plaza: «El sacrificio diario, la constancia y la entrega absoluta de tu vida a lo que quieres, haya recompensa o no».
Cuando se le pregunta cómo explicaría el toreo a alguien que nunca lo ha vivido, su respuesta refleja el componente más íntimo y difícil de definir de esta disciplina.
«Puedes contar mil historias, pero al final el toreo, para conocerlo, hay que vivirlo. No se puede explicar algo cuyo misterio ni nosotros mismos sabemos. Si alguien está dispuesto a conocerlo, primero tiene que estar dispuesto a vivirlo. A partir de ahí no necesita explicación alguna, porque el toreo te atrapa y no te suelta», explica.
Criado en un entorno rural, mantiene un vínculo especial con los festejos populares, donde asegura seguir encontrando la esencia con la que creció. «Me he criado en zonas rurales donde predominan este tipo de festejos y me encanta seguir viviéndolos de cerca. La gente los vive con mucha intensidad y me gusta disfrutarlos igual, aunque ahora sea como espectador».
Antes de terminar la conversación, Pedro también deja espacio para hablar de los escenarios con los que sueña. Confiesa su admiración por plazas con historia, como Jerez o Ronda, aunque reconoce que hay una que ocupa un lugar diferente para cualquier torero: «Me gustan esas plazas con sabor añejo, como Jerez o Ronda. Pero, como plaza especial, Madrid. Es la catedral del toreo porque siempre recompensa lo que le entregas».
Todavía queda mucho camino por recorrer, pero en las palabras de Pedro Montaldo ya se percibe la determinación de quien entiende que el éxito no solo se mide en puertas grandes. Su verdadero reto consiste en seguir creciendo como torero sin perder la autenticidad que descubrió aquel primer día en el campo, cuando una simple tarde entre becerras cambió para siempre el rumbo de su vida.








